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Desde la terraza del Campo del Moro, el sol se despide con un puesta de oro y púrpura, y el aire fresco de la tarde acaricia el alma
Aquí, a la sombra majestuosa del Palacio Real, uno no solo observa Madrid, sino que lo siente en cada fibra del ser. Como diría Gustavo Adolfo Bécquer, «El alma que puede hablar con los ojos, también puede besar con la mirada.» Y en este santuario de serenidad, cada mirada es un beso a la historia, a la belleza, a la vida misma.
Los pavos reales, con su andar altivo y sus plumajes iridiscentes, son los verdaderos dueños de este paraíso. Sus graznidos, lejos de perturbar, añaden una nota exótica a la sinfonía vespertina. Son ecos de un tiempo en que los reyes paseaban por estos mismos senderos, soñando, amando, gobernando. William Shakespeare nos recordaría que «El pasado es un prólogo», y en este lugar, el pasado no es solo un recuerdo, sino una presencia viva que te envuelve.

El murmullo distante de la ciudad es un suave telón de fondo, un recordatorio de que, aunque la vida bulle más allá de estos muros, aquí, en la terraza, el tiempo ha decidido tomarse un respiro. Las fuentes danzan con sus chorros cristalinos, y el aroma a jazmín y naranjo en flor se mezcla con la brisa. Es un bálsamo para el espíritu, un oasis donde el alma encuentra su remanso.


